6 de octubre de 2015

BEIRUT O LA CIUDAD LABERINTO

Un paseo por la capital libanesa y un rompecabezas por resolver
Beitut. Líbano. Diciembre 2014

Cuando pisas el aeropuerto internacional Rafic-Hariri de Beirut, te haces una primera y extraña imagen de los agentes de inmigración, y te preguntas ¿así serán los libaneses?.
«¿Seguro que no ha visitado Israel?» me puntualizaba el que me tocó, después de mirar y remirar hasta con lupa sello por sello las estampadas hojas de mi pasaporte.
«Espere aquí», con cara agria y noctámbula, muy en concordancia con la hora de mi llegada, las dos de la madrugada.
Se fue de su puesto con mi pasaporte y tras consultar con otros compañeros, debió por su parecido confundirlo con uno de Serbia. Al rato me devolvieron mi pasaporte, con un «todo está bien, bienvenido» y todo quedó en una anécdota más de esos momentos tan indeseados cada vez que "llamamos a la aldaba" de cualquier país.
Llegar a esta hora tan intempestiva no se puede esperar otra cosa que tomar un taxi y pagar 25 dólares con poco margen de negociación. Nada de tren, metro o bus público.
 

El área de Hamra St, fue mi destino inicial. Donde el viajero puede encontrar más oferta hotelera, que por otra parte resulta muy cara. Raramente bajará de 80 dólares por noche.
Un oasis occidental con muchos restaurantes, cafeterías franquiciadas de renombre, bancos y mucha oferta de ocio que se prolonga hasta la noche.
Ya por el día, el calor desciende con toda su humedad como cualquier ciudad mediterránea, y encontrar sombra no parece solución fácil. Caminar, caminar y caminar, es lo que más puedo recordar de mi paseo por la ciudad.
El transporte público está muy limitado. Básicamente rutas poco definidas de taxis compartidos. Tienes que deducir hacia donde más o menos se dirige según el sentido de la circulación de la avenida de dónde lo tomas. Después ves que se desvía en el primer cruce y te has de bajar para tomar otro.

Por lo tanto, caminar es lo que más puedo aconsejar, pero ojo, el Distrito Central de la ciudad no es fácil caminarlo. No es porque sea difícil orientarse. Al contrario, Beirut dispone de anchas calles y espacio abiertos.
El problema es la cantidad de puestos de control y vigilancia militar que te encuentras. De ahí el encabezamiento de mi post con lo del laberinto.
Caminas, te topas con una barrera y el militar te dice: «que no y que no», y no puedes pasar. Has de retroceder de nuevo por donde venías y buscar otra calle para lograr tu objetivo.
Pero igual ves otro puesto de control y tampoco puedes pasar. Se hace bastante complicado a veces y te sitúa en la problemática que tiene el país respecto a posibles atentados. El fantasma israelí está muy presente en la vida de la ciudad.
Esta situación se da bastante en el Distrito Central.
Pero sin duda, esta zona es donde se aprecia la verdadera esencia de la ciudad con calles de calzadas adoquinadas y edificios gubernamentales. La arquitectura "art deco" se manifiesta donde mires y cuyas calles confluyen en la Plaza de las Estrellas o Nejme Square.
A muchos viajeros por momentos les parecerá estar paseando por el centro de alguna ciudad castellana como Salamanca o por la misma porticada Plaza Mayor madrileña. Sobre todo cuando alze la vista y vea una gran bandera española izada sobre el balcón de un edificio. Se trata únicamente por la presencia del Instituto Cervantes situado en este punto tan céntrico de la ciudad.
 


Hay para mí dos perlas en esa zona. La Torre-reloj, de Rolex por cierto, y flanqueado por el símbolo que representa el país que no puede ser otra cosa que un cedro. El árbol originario del país y que podemos ver en su bandera.
La otra joya es la detrás de la Plaza y de la Catedral de San Jorge, y es una pequeña capilla ortodoxa llamada Nourieh Chapel. Tan pequeña como agraciada. Me gustó su aislamiento, como un tímido y rebuscado rincón de esta céntrica área de la capital. Un pequeño remanso de paz espiritual, eso si, custodiada por muchos gatos buscando sombra entre los olivos del exterior de la capilla.

Aún así, es una ciudad que se puede caminar a pesar de no ser muy regular en su estructura formada por calles oblicuas, muchas con pendientes prolongadas.
Con unos tres de días explorando el Distrito Central, Hamra y el Corniche serán suficientes para hacerse una idea general de Beirut.
 

Beirut también despierta una sensación al viajero. Es un lugar que esconde mucha historia. Es muy fácil toparse con ruinas romanas, fenicias y árabes. No creo que haya mejor lugar para vislumbrar lo que fue y representó el pueblo fenicio y su importancia en el Mar Mediterráneo, cuya expansión comercial llegó hasta la Península Ibérica.
Y no sólo de la historia relativa a civilizaciones anteriores a la era cristiana. También es fácil ver ruínas en forma de edificios derruidos causados por la absurda guerra civil de finales de los años 70 y arquitectura muy propia su pasado colonial francés.
Otra aspecto que no debe olvidarse es la religión. Es una realidad que cito muchas veces de los lugares. Se puede ser o no ser creyente de una religión, o de ninguna, pero lo que está claro es que la religión incide directamente en la cultura y estigma de un país.


Beirut es un claro ejemplo. A grandes rasgos, con el 54% de musulmanes, el 40% de cristianos (en todas sus variedades) y el otro 6 restante repartidos entre budistas, hinduistas, judíos y mormones, no deja duda de la variedad religiosa y en especial la coexistencia entre las dos religiones mayoritarias y comúnmente contrapuestas como la cristiana y musulmana.
Estas dos copan la mayoría, ejemplarizadas con mezquitas e iglesias repartidas por la ciudad.
El epicentro que sintetiza este hecho es el punto donde confluyen la Mezquita Mohammed Al-Amin y junto a ella la Catedral ortodoxa de San Jorge.
Están ambas muy juntas en un área muy céntrica de la ciudad. La mezquita es una obra moderna. Si habéis
visitado Estambul o El Cairo os recordará a la Mezquita Azul y la Muhammad Alí de sendas ciudades.
Por dentro, sus mosaicos y candelabros os dejará absortos de admiración.
Finalmente otro paseo imprescindible es el Corniche de Beirut. Este paseo de casi cinco quilómetros bordeando el litoral es como cualquier paseo marítimo de cualquier ciudad. Rebosa animosidad, de amantes del running, pescadores aficionados, carritos de venta ambulante de snacks, y muchas familias paseando.
Lo que más me gusto y que le da un distintivo especial son las conocidas Rocas de las Palomas (Pigeon's Rock), que encabezo con la imagen de esta entrada del blog. Unas rocas como dejadas en el mar por capricho de la naturaleza muy abruptas y de una forma curiosa.
Beirut no es una ciudad muerta precisamente y a pesar de lo que se pueda pensar por las medidas de seguridad , es bastante segura en cuanto a delincuencia común.
Quizás lo que no me gustó, a parte del transporte público, es la cantidad de grúas-torre de construcción que se ven por doquier. Acaparan mucho espacio urbano. Señal de una ciudad que se está reinventando y reconstruyendo poco a poco.
Falafel, Hummus y Tabboulé son nombres de platos con los que se tendrá que familiarse el viajero para comer la reputada comida libanesa con mezclas mediterráneas, turcas y árabes.
Para terminar, Beirut no representa fielmente con lo que se va a encontrar el viajero en el resto de El Libano, pero siempre será muy útil empezar por esta capital situada estratégicamente como base y conocer el resto del país.


By Carlos Martinez

1 comentario:

Caliope dijo...

Interesante entrada; en estos tiempos que corren son pocos los que se aventuran por estos países, yo tengo en lista unos cuantos y El Líbano está incluido, espero poder ir pronto. Se me hace la boca agua de leer las especialidades de la comida libanesa, me encantan todas!! Un saludo.