17 de diciembre de 2014

SANTA ROSALÍA. Un pueblo mexicano con aroma francés

En este lugar ubicado en la Península de la Baja California Sur, el viajero se traslada a un pueblo tranquilo, con estigmas de un próspero pasado y donde el sello de Francia aparece en cualquier rincón de su centro histórico.

México. BCS. Enero 2013
Cuando el dictador mexicano Porfirio Díaz decidió ofrecer a Francia la oportunidad de explotar las minas de cobre de este territorio perdido en medio de la larga península de la Baja California, poco se iba a imaginar en lo que se iba a convertir este lugar.

Hasta entonces no era más que un lugar de paso donde en su día, como tantos pueblos de la zona, muchos jesuitas españoles dejaron su impronta recorriendo la península hacia el norte hasta la actual  California estadounidense.
En cuanto pisé Santa Rosalía, tras arribar de noche en un autobús desde Loreto, en seguida me di cuenta que no había llegado a un pueblo como tantos que había visto en México con anterioridad. Me sentía como si hubiera llegado a una villa francesa de finales del siglo XIX.
Edificios de madera al estilo francés colonial con tejados en consonancia a esa tendencia, todo en una estructura urbana importada de Francia.
Hasta el aire frío que azotaba en aquella noche de Enero parecía ser traído de allá, donde el Hotel Olvera, un hotel económico y acogedor, fue mi refugio durante dos 
noches.


Durante más de 60 años, la Compagnie du Boleo explotó las minas de cobre que extrajo de los cerros adyacentes al pueblo. Pero además de ello, transformó completamente la vida de la localidad, no solo en su ámbito industrial, también en su ámbito cultural con la instauración de escuelas, bibliotecas. Muchas familias francesas llegaron durante esa época y la llegada de la energía eléctrica, el teléfono y un ferrocarril se debió a este periodo próspero en la localidad.
La educación y muchos servicios sociales recayeron bajo la responsabilidad de esta compañía francesa.

Son muchos los edificios públicos que definen esta floreciente época. La Biblioteca Gandhi es uno de ellos, pero para mí el más significativo es la Iglesia de Santa Bárbara, que según reza en una placa de la fachada, fue construido por el mismísimo Gustavo Eiffel compartiendo participación en la Exposición Universal de París con la Torre Eiffel. Tras un breve paso por Bruselas, fue desarmada y traída por piezas hasta Santa Rosalía. No es que sea de extrema belleza. Mucho menos su diáfano aspecto interior, pero su peculiar estilo de hierro galvanizado la distingue claramente de las legendarias misiones jesuíticas que el viajero se puede encontrar por la Baja California.

Pero como en tantos lugares donde los recursos naturales no son infinitos, Santa Rosalía no iba a ser la excepción.
Del resplandor se pasó al ocaso. Se terminó el cobre y se terminó todo. Restos de oxidada maquinaria de la fundidora esparcidas por la parte alta del pueblo, junto con viejas vagonetas abandonadas, es lo que queda de aquella época minero-industrial.
Tan solo un coqueta locomotora se conserva intacta en la plaza del pueblo que hace recordar perennemente el paso del Boleo, y por supuesto toda la arquitectura propia que hace de Santa Rosalía para mí, uno de los pueblos más pintorescos de toda la República Mexicana.


Santa Rosalía se puede ver completamente en una mañana. Se respira tranquilidad en cada rincón y es muy fácil establecer una conversación con cualquier paisano mientras tomas un café en la cafetería de la Plaza o en su pequeño puerto. Recomiendo no irse de Santa Rosalía sin probar las carnitas del Restaurante La Huasteca. Es un guiso cocinado a base de trozos de cerdo que hacen en enormes ollas. Desde buena mañana ya se percibe el fuerte olor que sale del patio exterior restaurante donde las cocinan. 


La Panadería El Boleo es otra referencia de obligada parada para el viajero. Toda una institución esta panadería centenaria. Conservada perfectamente en su aspecto desde que la fundara una familia francesa a principios del siglo XX, pero donde no hay que esperar encontrar muestras de la fina panadería francesa como croissants, pan de brie, ni brioches. 
Aquí solo se ve a la venta el rico y tradicional pan dulce mexicano como conchas, moños, además de los omnipresentes bolillos y el pan francés que es como llaman los mexicanos a las barras de pan.

Si bien es cierto que para llegar hasta aquí, el transporte público es muy limitado y caro en cuanto a compañías de autobús, si lo comparamos con el México más continental,  aquellos viajeros que recorran esta alargada península de la República Mexicana, tienen aquí una buena referencia en el ecuador de su camino. Un lugar diferente rodeado a los hermosos y únicos paisajes californianos y que dejará al viajero una vez más la evidencia de encontrarse con una país que no deja nunca de sorprender por su legado cultural del que dispone.
By Carlos Martinez

1 comentario:

Anónimo dijo...

Felicidades. cómo siempre es un placer leeerle.