22 de mayo de 2017

El Museo Ferroviario de Nairobi y los leones devora-hombres de Tsavo.


Nairobi. Kenia. Agosto 2011

Cierto es que pocos viajeros van a Kenia a ver museos, y menos de estilo ferroviario. Los conocidos parques nacionales para ver migraciones de ñus, cebras y demás fauna de la zona copa la mayoría del interés de los visitantes de este país.

No obstante, aprovechando que Nairobi es el punto de entrada más habitual a Kenia, se puede empezar a testar culturalmente algunos aspectos que a mi juicio pueden dar valor a un viaje por este país del Oriente Africano.
El Museo Ferroviario de Nairobi es un buen ejemplo, sobre todo para aquellos entusiastas de los trenes de vapor y elementos ferroviarios que ya han quedado en desuso en la actualidad.

Este Museo se encuentra en un lado de la actual estación de Nairobi donde todavía da servicio a la costera y muy importante ciudad portuaria de Mombasa y por el Oeste hacia Kisumu junto al Lago Victoria.
 


De todos es sabido que la colonización anglosajona en África dejó un sinfín de desigualdades, expolio y explotación de recursos naturales. Ni que decir tiene el sometimiento por parte de los colonos blancos a los nativos para realizar duros trabajos en regimen de esclavitud.

Este saqueo de bienes naturales, imprescindibles en plena ebullición industrial de la época, había que trasladarlos hacia los puertos, y desde allí a Inglaterra por vía marítima.  Esa fue la primera causa que trajo consigo la construcción de líneas estratégicas de ferrocarriles y que hoy en día se conservan casi intactas como en la era colonial.

Por lo tanto, considero que visitar este tipo de museos puede darnos una buena enseñanza del pasado colonial.  Un aspecto histórico del país. Si además es el viajero un entusiasta de los ferrocarriles disfrutará junto muchas anécdotas de la explotación, y más con la peculiaridad del ámbito africano donde estas líneas ferroviarias circulaban.
 

En este museo anexo a la estación de Nairobi en el edificio que debió ser la factoría, se exhiben en una gran sala artilugios diversos: desde faroles, señales, campanas de bronce, teléfonos de campaña y pértigas con los que se enganchaban a los cables para la comunicación con estaciones, y viejas máquinas expendedoras de billetes de cartón que grababan la fecha el viaje.

También muchos instrumentos empleados por el servicio de Vía y Obras y muchas fotos en color sepia que nos muestran un reflejo del ferrocaril de épocas pasadas.

Quizás con las dos aspectos que más se prenda el viajero es con el "bicirail" que utilizaban los guardavías para inspeccionar el estado de las instalaciones, y la historia de los dos leones de Tsavo que se comieron literalmente a obreros durante la construcción del ferrocarril a su paso por el Rio Tsavo y cuya historia está muy presente en fotos y reseñas en el museo.
 


Se trata de la historia real que ocurrió en el año 1998 durante la construcción del ferrocarril hacia Uganda en el momento de levantar el puente sobre el Río Tsavo.

Dos leones solían entrar de noche en el campamento donde descansaban los obreros en  las tiendas de campaña y los devoraban como si fuera cualquier otro animal de la sabana africana. Los historiadores no se ponen de acuerdo en la cifra, pero debió ser entre 25 y 135 hombres que fueron víctimas de estos feroces leones que murieron tras su ataque  y algunos devorados. Y eso a pesar de las trampas y vallas que se instalaron para su protección.
Este hecho generó el pánico entre los obreros ferroviarios, muchos de ellos de origen indio, que se vieron obligados a huir del lugar como pudieron. La principal consecuencia, la paralización de la construcción de este puente ferroviario por diez meses.
Patterson que era uno de los ingenieros, se encargó con el tiempo de abatir los presuntos homicidas felinos y cuyos cuerpos están expuestos hoy en día en el Museo de Historia Natural de Chicago. Museo que aunque no venga al caso, recomiendo fervientemente visitar cuando vayáis a la ciudad de los vientos.
Esta historia incluso ha servido de inspiración de alguna que otra película de Hollywood como Los demonios de la noche.
  

Para continuar con la visita al Museo no podían faltar las locomotoras de vapor. Las hay expuestas en una playa de vías en el exterior y pertenecen a distintas explotaciones ferroviarias que estaban conectadas de la zona de los Ferrocarriles de Tanganika, Uganda y Kenia.
Allí yacen estas viejas locomotoras de vapor de afamadas constructoras británicas de aquella época y que circulaban no sólo por África, también en las Islas Británicas y muchas otras colonias de sur asiático. Y como no, lujosos coches (vagones) destinados a diferentes clases sociales que viajaban con asientos apropiados de cada una de ellas. No es difícil saber por la decoración y comodidad si era para la clase pudiente o para clase media y baja.

 

Si tenéis tiempo, que a mí no me dio por no coincidirme el horario, es un buen complemento a esta visita el tomar un tren a Mombasa por ejemplo. Un viaje que se desarrolla mayormente de noche y no suelen haber más de tres por semana. Al igual que cualquier otra línea ferroviaria de África debe ser una experiencia el viaje por sí solo, más allá del destino al que se vaya.

Mientras esperéis a ese tren en Nairobi, no dejéis de observar cada rincón de la estación. Sin estar ya en el Museo, continuaréis respirando momentos como si el tiempo se hubiera detenido hace cincuenta años: evocadoras salas de espera con el horario de trenes en pizarra escritos a tiza, señaléctica en madera grabada, la taquilla de compra de billetes con reja. Los andenes y marquesinas muy de época construida en hierro forjado. 
Para los especialistas y aficionados en temas ferroviarios verán traviesas de acero y  hasta la señales ferroviarias que son del tipo mecánicas de brazo.
 


En resumen, una visita por el Museo de Ferrocarril de Nairobi es una atractiva opción para visitar libremente por la capital de Kenia, económico y para pasar un rato entretenido por la historia de los ferrocarriles del Este Africano...


By Carlos Martinez
Prohibida la copia total o parcial de textos y/o fotografías sin consentimiento del autor, en cuyo caso vendrá citada la fuente.

13 de abril de 2017

VALLEDUPAR. La Capital del Vallenato

Valledupar. Colombia. Febrero 2017


A lo largo de la geografía colombiana, cualquier viajero que se precie podrá recorrer lugares que le colmará plenamente tanto si le gusta la naturaleza, la costa, ciudades coloniales, multitud de pueblos pintorescos o bien su rica gastronomía. Esto está fuera de toda duda pero  también por su prestigioso y variado folclore.
En mi post de hoy, este aspecto folclórico toma más protagonismo si os hablo de la ciudad del nororiente colombiano de Valledupar.
Se trata de la capital de El Departamento de El Cesar. Entónese Cesar como aguda, y si se quiere afinar más, con el inconfundible seseo hispanoamericano al pronunciarla.
Y es conocida en todo el mundo por ser  la Cuna del Vallenato. Aquí nació este género musical y se expandió por gran parte de Sudameríca, Centroamérica y Caribe.
El Festival de la Leyenda Vallenata, que tiene lugar cada final de Abril, es una cita imprescindible para los amantes de este género musical, y más aún en la ciudad donde más se puede saborear el Vallenato.




 
Valledupar no parece a primera vista una prioridad entre los destinos necesarios de Colombia. Ni tiene la promoción tustica que merece. De hecho, ni aparece en el stand colombiano de Fitur.  Pero en mi tercer viaje por Colombia y tras haber conocido otros destinos más populares, miraba y miraba el mapamundi de mi estudio y di con Valledupar. Me pregunté: ¿que habrá en Valledupar?
Consulté y pedí información a través de Twitter y recibí un tweet muy desolador que me decía: "Esto es un hueco hermano, un moridero sin futuro, no venga a esta ciudad decadente, no vale la pena".

Poco conocía este twitero a Carlos el Viajero, que más lejos de conseguir detener mi paso por allí, me provocó más curiosidad y ganas de conocer Valledupar.
Pensé que  seguro que habría muchos paisanos de este señor anhelando que su ciudad reciba muchos visitantes y que sea más conocida. Hay mucha gente humilde y honrada que se gana la vida con la artesanía, otros con sus negocios de hostelería, restaurantes, comercios, etc. y que merecen dignamente sacar su negocio adelante. Nunca es bueno echarse piedras a su propio tejado a sabiendas que como en muchos lugares,  puede haber cierta inseguridad. Pero con sentido común, no nos tiene que detener visitarlos y viajar para conocerlos. Nos perderemos mucho más si no lo hacemos.
 


Días después recibí otro tweet alentador del Hostal Provincia Valledupar con un mensaje bien diferente animándome a ir y nombrándome las excelencias del lugar. Sin duda ese es el camino.
Y fue en este hostal donde pasé mis tres días allí. Muy cerca de la zona más histórica. Una antigua casa republicana reconvertida en casa de huéspedes con habitaciones muy limpias y asequibles en cuanto precio. Su personal, muy atento por cierto, me orientó con esmero de los lugares para visitar y también de sus alrededores. La pareja que lo gestiona, Cristina y Miguel, es el mayor ejemplo de gestores que conocen plenamente las necesidades de los viajeros, y en particular del buen trato hacia los bloggers y manejo de las Redes Sociales. Un aspecto esencial para conectar y gestionar un negocio de hostelería hoy en día, y que muchos deberían tomar nota.


Me invitaron a desayunar con ellos en su otro negocio hotelero, el Hotel Los Santos Reyes.
Una antigua casa colonial de mayor rango que el Hostal Provincia. Sus habitaciones decoradas con todo detalle, cómodas y sin perder en ningún rincón ese aire colonial que lo caracteriza y un coqueto patio muy inspirador para entablar plática con cualquier otro huésped. Tuve con ellos una buena conversación mientras desayunábamos, y Miguel incluso se ofreció durante la mañana y de manera altruista a pasearme en su 4x4 a conocer una zona rural y de naturaleza de Guacoche y después al Museo del Acordeón.
A Guacoche no llegamos porque la estrecha carretera de unos 20 km estaba cortada, pero vale la pena. Paralelo al Río Cesar, combina zonas arboladas de monos aulladores, con zonas de cactus y arroceras. Los que les guste el cicloturismo es una zona muy interesante. Lástima que la deforestación haya provocado que los monos han de bajar al suelo para pasar de un árbol a otro.
  

En cuanto al Museo del Acordeón, conocido también como la  Casa Beto Murgas fué una visita que para un servidor tan ignorante de este instrumento musical fue realmente enriquecedora.
Don Beto, célebre compositor y acordeonista me enseñó su casa museo.
Acordeón y Vallenato es lo que se respira en cada rincón de su casa. Nunca había visto tanta colección de acordeones en mi vida, de todas clases, tamaños y colores y procedencias. También tiene objetos y fotos relativas a maestros del Vallenato y hasta algunas piezas arqueológicas. Leyendas de este género musical que Beto conoció personalmente y de los que me contó muchas anécdotas. La verdad es que salí de allí impregnado de Vallenato, un mundo desconocido para mí antes de conocer el Museo.
Su esposa Rosa y su hija Milena tan encantadoras como él, me trataron de manera excepcional.
Un museo que os recomiendo fervientemente que visitéis.
 

Para el resto de mis días en Valledupar era plan de hacer senderismo urbano. No es una ciudad de edificios altos. Más bien extendida con largas avenidas arboladas y muchas rotondas. Las calles y las carreras numeradas hace más fácil orientarse para los foráneos. La Carrera 7 en particular y aledañas, son  muy comerciales donde los tiendas de todo tipo dan vida y actividad a la ciudad así como negocios informales en las aceras. Demasiado bullicio para quién busque tranquilidad. En el resto de la ciudad se respira un ambiente provinciano digno de un buen paseo.
  

Muchas calles te llevarán a una rotonda, y en muchas de ellas te toparás con monumentos relacionados con la cultura y elementos representativos del Departamento de El Cesar.

Los que me llamarón más me atención fueron:
Los Poporos, todo uno homenaje a las etnias que habitan en la Sierra Nevada.
La Pilonera Mayor (segunda foto del post) en honor a Consuelo Araujo.
La María Mulata que es un conocido pájaro de la zona.
Los Gallos de Pelea en recuerdo a los galleros.
El Pedazo de Acordn es otro enorme monumento de hierro que representa este instrumento tan importante para el Vallenato.
El Monumento al Viajero, representado sentado como esperando una chiva o un bus y que da reconocimiento a tantos viajeros que antiguamente llegaban de pueblos de la zona para surtirse de enseres.


Hay muchos monumentos más dispersos por la ciudad que no llegué a ver pero se compensó con los prolongados descansos en algún puesto callejero para comerme una arepa o un buñuelo con café.

Pero para un buen rato de descanso durante el día y de esparcimiento no encontrará el viajero nada mejor que el Río Guatapuri. Aparte de un baño, que un servidor no se dio por no ir preparado para ello, si es un área para tomarse una cerveza con un ceviche junto a la orilla del río. Entre tanto es muy normal que "la negra", así se hizo llamar una señora morena con mucho salero, quiera darte un masaje ambulante en tu espalda y hombros. Pero hay más señoras rondando por la zona para ofrecerte masajes y vendedores de refrescos, tintos y pasabocas. Estas dos últimas palabras tan colombianas que cualquier viajero las ha de tener siempre en mente a diario. Pocas frases son más bellas como la que mana de la boca de una colombiana y que con su bella sonrisa te diga: ¿Le provoca un tinto?...


Esta área del Río Guatapuri es un lugar donde se reunen familias y amigos. Más aún en los fines de semana y siempre bajo la mirada de una hermosa sirena de bronce conocida como La Sirena de Hurtado. Esta sirena tiene una bonita leyenda detrás que no os voy a decir porque espero que vayaís a Valledupar y os la cuenten como me la contaron a mí.
Otro lugar de concurrencia es la Plaza Alfonso López situada en el corazón antiguo de la ciudad aunque hoy en día queda en un extremo de la ciudad. Lo primero que os llamará de la atención da la Plaza es una hermosa escultura. La que veis en la portada del post llamada "La Revolución en marcha" y simboliza un periodo colombiano de los años treinta que impulsó un presidente colombiano de aquel entonces llamado Alfonso pez Pumarejo.
 


Por la noche en especial, se llena de vida con niños correteando y muchos de ellos montados en coches pequeños de batería ante la atenta vigilancia de sus padres. No faltan los puestos ambulantes y la gente que con devoción llenan la Iglesia de la Inmaculada Concepción. Una pequeña iglesia pero tan antigua como la fundación de Valledupar.
Las casas de la Plaza, algunas gubernamentales, y en la zona anexa al Centro Histórico aun preservan mucho su carácter colonial aunque ya muy poquitas conservan su techo de paja y paredes de barro y cañas, o bahareque como se conoce aquí.


Y para saciar el estómago hay un lugar imprescindible, muy cerca de la Plaza y el Hostal Provincia: El Restaurante Compae Chipuco, un personaje muy querido y conocido de Valledupar. Aparte de la cuidada decoración con alusiones al Vallenato y a Compae, su plato típico: "el chivo chipuco", tardará tiempo el olvidarse de mi mente. Es un buen lugar para probar la gastronomía local.

Para moverse por la ciudad hay busetas, taxis y mototaxis. Ojo, que no sé por cual motivo en los mototaxis no pueden ir hombres de "paquetes" o como llaman allí en Colombia de "parrilleros". 


En los desplazamientos a poblaciones del entorno hay cooperativas locales de coches que hacen diferentes rutas, y sin horario salen cuando se llenan. Se encuentran dispersas por la ciudad y hay que preguntar a la gente para poder saber dónde están.
   
¡Pero no sólo el Departamento de El Cesar es Valledupar! 

Efectivamente. Se pueden visitar pueblitos que todavía mantienen el encanto de siempre, donde una casa particular se convierte en tu mejor restaurante con tal de que la paisana tenga un plato de sobra de comida casera y que te la ofrezca por un módico precio. Tienditas que venden de todo, y donde el río y la plaza del pueblo son los lugares de mayor concurrencia social, y por supuesto, en un entorno de naturaleza que pocos países en el mundo como Colombia pueden ofrecer. En muchos de estos pueblos se puede conocer los grupos étnicos y que mantienen intactas sus tradiciones y sus formas de vestir.
Como digo hay muchos de este estilo. Uno incluso se llama como mi ciudad: Valencia.



Pero con la escasez de tiempo me llevó sólo a tres: La Mina, Atanquez y Manaure.
La Mina y Atanquez situados bajo la falda de La Sierra Nevada de Santa Marta. Por muchos años esta zona fue asediada por las FARC y afortunadamente hoy en día se ha  quedado como una mala pesadilla del pasado. Me recordó a lo que describía Gabriel García Márquez en Cien años de Soledad: "...esos ríos con piedras blancas, pulidas y enormes como huevos prehistóricos...".
Así es el Río Badillo que pasa por La Mina cuyas aguas atraviesan redondeadas piedras redondeadas de granito.
Manaure también con río y calles un tanto desaliñadas es un lugar de visita interesante. Cruzar su famoso Puente de los Enamorados y comerse un sancocho de gallina o una punta gorda junto al río hará del viajero una agradable jornada.


En definitiva Valledupar esconde buena parte de lo que cualquier viajero necesita si visita Colombia. Puede ser un buen punto de partida para llegar a la Costa Colombiana con todos sus atractivos que conlleva.
Para los que les guste los eventos y fiestas, este mes de Abril es el ideal con una prestigiosa Semana Santa y desps el conocido Festival Vallenato que os comenté más arriba.
Este post no pretende ser una guía turística de la ciudad pero sí una entusiasta pincelada de lo que viví en esos tres días. Es como un abrir la puerta para que lo descubráis, os animéis y conozcáis esta gran ciudad colombiana y sobre todo su bonita gente. Os aseguro que no os arrepentiréis...


By Carlos Martinez
Prohibida la copia total o parcial de textos y/o fotografías sin consentimiento del autor, en cuyo caso vendrá citada la fuente.